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En el reino de Zaliria, la magia era algo común y cotidiano. Casi todos los habitantes podían hacer algún tipo de hechizo, desde encender una vela hasta curar una herida. La magia era una herramienta útil y divertida, pero también requería de mucho estudio y práctica.
Lucía era una niña de diez años que vivía en Zaliria. A ella le encantaba la magia, pero no le gustaba estudiar. Prefería pasar el tiempo jugando con sus amigos, haciendo travesuras o explorando el bosque. Su madre siempre le decía que debía estudiar más, porque la magia era un don que había que aprovechar y respetar. Pero Lucía no le hacía caso. Ella pensaba que la magia era fácil y que podía hacer lo que quisiera con ella.
Un día, Lucía encontró un libro viejo y polvoriento en el ático de su casa. Era un libro de magia avanzada, con hechizos muy poderosos y peligrosos. Lucía sintió curiosidad y lo abrió. En la primera página había una advertencia: "Este libro contiene secretos arcanos que solo deben ser usados por magos expertos. Si no sabes lo que haces, puedes causar un gran daño a ti mismo y a los demás. Estudia bien antes de intentar cualquier hechizo de este libro".
Lucía ignoró la advertencia y empezó a hojear el libro. Vio hechizos para volar, para cambiar de forma, para controlar el clima, para invocar criaturas mágicas y para muchas cosas más. Lucía se emocionó y quiso probarlos todos. Sin embargo, no se dio cuenta de que el libro estaba escrito en un lenguaje antiguo y complejo, que tenía muchos símbolos y palabras que ella no entendía. Tampoco se fijó en los detalles y las precauciones que había que tomar para cada hechizo.
Lucía eligió un hechizo al azar y lo pronunció en voz alta. De repente, una nube negra apareció sobre su cabeza y empezó a llover. Lucía se asustó y trató de detener el hechizo, pero no sabía cómo. La lluvia se hizo más fuerte y empezó a caer granizo. Lucía corrió a refugiarse en su casa, pero la nube la seguía. El granizo rompió las ventanas y el techo de su casa, y el agua inundó el suelo. Lucía gritó pidiendo ayuda, pero nadie la escuchó.
Lucía se arrepintió de haber sido tan imprudente y deseó haber estudiado más. Se dio cuenta de que la magia no era un juego y que tenía consecuencias. Se prometió a sí misma que si salía de esa situación, se esforzaría por aprender y respetar la magia.
Por suerte, un mago que pasaba por ahí vio lo que estaba pasando y acudió a ayudar a Lucía. El mago era un hombre sabio y bondadoso, que conocía el libro que Lucía había usado. Él logró detener el hechizo y disipar la nube. Luego, entró a la casa de Lucía y la encontró temblando y llorando. El mago la consoló y le explicó lo que había hecho mal. Le dijo que el hechizo que había usado era para crear una tormenta, pero que tenía que hacerlo con cuidado y control. Le dijo que el libro que había encontrado era muy peligroso y que debía devolverlo a su lugar. Y le dijo que la magia era un arte que requería de mucho estudio y dedicación, y que si quería ser una buena maga, tenía que esforzarse y aprender.
Lucía le agradeció al mago por salvarla y le pidió disculpas por su error. El mago le sonrió y le dijo que no se preocupara, que todos cometemos errores, pero que lo importante es aprender de ellos. Le dijo que si quería, él podía enseñarle algunos hechizos básicos y seguros, para que pudiera practicar y mejorar. Lucía aceptó encantada y le dijo que sí quería. El mago le dio un abrazo y le dijo que estaba orgulloso de ella.
Desde ese día, Lucía se convirtió en la alumna del mago. Ella empezó a estudiar y a practicar la magia con seriedad y responsabilidad. También siguió jugando y divirtiéndose con sus amigos, pero sin hacer travesuras ni abusar de la magia. Lucía descubrió que la magia era más fascinante y maravillosa de lo que había imaginado, y que cuanto más sabía, más podía hacer. Lucía se hizo una maga excelente y feliz, y nunca olvidó la lección que aprendió aquel día.